Veintinueve kilómetros de libros entre los que perderse


Es como cualquier obsesión: es fácil reconocer a alguien más que ha caído en sus garras con un diálogo mudo que dice “Esto soy yo también”. Hay pasiones enteramente privadas y silenciosas, otras que dejan de serlo cuando se encuentra con quien compartirlas, y también esas que solo pueden florecer en público (incluso en multitudinarias gradas repletas de otros obsesos). Reconozco que este último tipo de comuniones de intereses me dejan fría, pero lo que no despierta la Copa América lo provoca la aparición de una librería de usados “bien”. No por nada compartimos un cumpleaños con The Strand, la mítica librería neoyorquina que promete 18 millas de libros para descubrir a quien llegue a sus puertas. Me falta un poco para sus alcanzar sus flamantes 94, pero lo nuestro fue amor a primera vista.

Y sí, el esnobismo es parte constitutiva de los ratones de librería, así que más vale estar advertido. Lo que encontrará dentro de estos cavernosos locales, con pilas de libros acomodados según un orden preciosamente arbitrario ( “inglés”, “Roma”, “alemán”, “estos acaban de llegar”, “compré la biblioteca de una viuda francesa”) parecerá vacío de personas, pero solo a primera vista. Los clientes están allí, mimetizados con la mercadería: tirados en el piso, detrás de una biblioteca, convenciendo al librero (invariablemente un amigo personal, casi invariablemente hombre y de mediana edad) de que les venda un volumen que ya tiene dueño. Pueden vernos aferrar furtivamente nuestros hallazgos antes de que otro pueda olisquear su valor, aunque está claro que su importancia canónica es enteramente personal.

Las librerías de usados son frecuentadas por personas con una lista mental de títulos que persiguen con la misma fruición con la Arya Stark recitaba los nombres de sus futuras víctimas en Game of Thrones. El momento en que un lector se reúne con “su” libro tras años, acaso décadas, de perseguirlo es celebrado con un imperceptible gesto de camaradería por todos los presentes. Todos esperamos por esos momentos. El librero hasta hará un descuento importante, avergonzado de tener que hablar de dinero en un momento tan íntimo.

Estoy exagerando. Apenas.

Hace años, cuando era frecuente que las librerías tuvieran locales a la calle en el ya desaparecido “barrio de las distribuidoras”, también podía verse a los bibliófilos detenidos en un ángulo de la vidriera, tratando de otear con vista de águila miope algún signo de comunión religiosa con los seres en su interior. Entendible: no es agradable la decepción de creer entrar en una “librería de usados” y descubrir un depósito de volúmenes viejos ¿Cuál es la diferencia? El librero, claro está. Infinitamente cultos, pacientes como Buda y siempre políglotas, son un oráculo de sabiduría y un prodigio de memoria fotográfica. Los clientes suelen seguirlos por innumerables direcciones, entablando una relación casi simbiótica con ellos: no es raro verlos atender el local cuando aparece “un dato” particularmente jugoso y la posibilidad de “pegar” una biblioteca atendible deja el barco sin timonel, o saludarlos mientras ayudan a ordenar las compras dejando el sueldo en el proceso.

Quedan pocas, muy pocas de esas librerías en Buenos Aires, apenas alguna en San Telmo (Walrus Books) y Recoleta (The Antique Book Shop). Las que han sobrevivido suelen ser librerías de “anticuario”, con ediciones lujosas y precios internacionales que están fuera de mi alcance y, por suerte, de mi interés. Un posteo en Instagram (¿quién dice que las redes no estimulan la lectura?) y una tarde libre de sol me llevó a The Book Cellar, un primer piso abarrotado de tesoros en Reconquista al 500, a apenas dos cuadras de la vieja redacción del diario. Lo único que atiné a decirle a Daniel, tras tachar de la lista a The Devils of Loudon, de Aldous Huxley, fue la verdad: “Nos vemos pronto”

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Tomado de LA NACION

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