un equipo con dos caras


De entusiasmar a preocupar. De generar placer a provocar sufrimiento. De tener la pelota a no tenerla. La Selección Argentina, en su recorrido hacia la final de esta Copa América, pareció viajar en una especie de montaña rusa, con un plan de juego que osciló peligrosamente de una actitud protagónica y ofensiva a una postura más pasiva y defensiva. Como todo equipo en formación, porque así lo confirma el no poder manejar los momentos de los partidos -sumado al proceso formativo que en paralelo transita Lionel Scaloni en su carrera como entrenador-, Argentina es hasta ahora un conjunto bastante inestable que logra tranquilidad cuando la pelota pasa por los pies de Lionel Messi. Con el balón en poder de Leo, quizás en su mejor versión con la albiceleste, la Selección se vuelve previsible. Y el adjetivo no tiene en este caso una connotación negativa sino todo lo contrario: lo previsible es que algo bueno va a ocurrir.

Las estadísticas sirven, muchas veces, para justificar los argumentos. Y apoyan las sensaciones que surgen afuera al observar el rendimiento de la Selección. Es notoria la diferencia en la performance argentina luego de los primeros 30 minutos de cada partido. Si hay algo en lo que se ha destacado este equipo es en el ritmo arrollador que impone en los comienzos de cada encuentro. Hay intensidad para presionar, hay poca distancia entre líneas para no dejar espacios, hay desmarques de apoyo y de ruptura al espacio, hay conexiones y fluidez en la circulación del balón, hay vocación ofensiva al mango. Y eso se traduce en goles y en mayor posesión. En los 30′ iniciales superó en porcentaje de tenencia a todos sus rivales.

El gol de Lautaro a Colombia:​

Hablando de goles, de los 11 que metió Argentina en el torneo, ocho fueron convertidos durante los primeros 45 minutos. Y seis de esos ocho ocurrieron casi en la primera media hora: el de Messi a Chile (33′), el de Guido Rodríguez a Uruguay (13′), el del Papu Gómez a Paraguay (10′), los del Papu (6′) y Messi (33′) a Bolivia y el de Lautaro (7′) a Colombia. Por el contrario, los tres goles recibidos fueron en los segundos tiempos: Vargas (57′) para Chile, Saavedra (60′) para Bolivia y Díaz (61′) para Colombia.

El gol de Luis Díaz para Colombia:

¿Por qué si Argentina desarrolla un fútbol de alto vuelo y agresivo pensando en el ataque en cada comienzo de los partidos no logra sostenerlo con el correr de los minutos? El bajón en el ritmo y en el control del encuentro no parece ser fruto de la casualidad o de la postura del rival sino más bien de algo planificado. Cuando un patrón de juego se repite es porque existe una decisión detrás. Y la Selección, cada vez que estuvo 1-0 en el marcador, cedió la iniciativa. Eso, de por sí, no es malo. Obedece a una estrategia: que el rival se adelante, que aparezcan espacios y aprovechar así la contra. Son muchos los equipos en el mundo que dominan el juego sin tener la pelota. El problema es que Argentina pierde el control y no ofrece solidez defensiva. Y tampoco puede desarrollar bien el contraataque.

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El profundo debate sobre si el 5 debe ser Leandro Paredes o Guido Rodríguez tiene que ver justamente con ese plan que desarrolla Scaloni. A la hora de atacar, el volante del PSG parece ser la mejor opción. Aporta claridad en la salida, pase filtrado, interpretación sobre cuándo tocar en corto o buscar el pase largo… Pero con la ventaja en el resultado, la opción de Guido asoma como la más viable teniendo en cuenta que el volante del Betis se destaca por sus coberturas, relevos y las características de un cinco natural. Sin embargo, el fútbol ofrece contradicciones y la práctica no siempre va de la mano con la teoría: Colombia le llegó a Argentina con Guido Rodríguez en cancha. Y en otros momentos, Argentina no tuvo la pelota pese a estar Paredes como titular.

¿Y entonces? El problema es limitar la discusión a la cuestión de poner a uno u a otro. Las dificultades de Argentina sin la pelota parecen más un tema de funcionamiento colectivo que algo meramente individual. Al bajar el ritmo, la Selección queda muy larga muchas veces, con bastante distancia entre sus líneas. Eso genera que el equipo no esté bien posicionado para la presión post pérdida. Los contraataques, entonces, pasan a ser espontáneos con corridas individuales y pocas chances de generar sociedades en función de lo lejos que quedan los encargados de la contra. Y al perder el balón, no hay un sistema, una red de contención cerca, capaz de recuperarlo rápidamente.

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Ante esa situación, Argentina elige refugiarse en su campo y reducir espacios hacia Dibu Martínez en lugar de achicar hacia adelante. La falta lógica de trabajo con una formación más estable (la defensa varió mucho en nombres en cada uno de sus puestos) puede ser una de las causas para esa decisión, más relacionada con la zona de confort. Aunque por lo visto no parece ser la mejor opción. Con el equipo replegado, los rivales igual se las ingeniaron para generar chances y hasta convertir goles.

Entre ambas caras que ha mostrado la Selección, la positiva predominó por sobre la negativa. Los momentos buenos terminaron siendo más decisivos para el resultado que aquellos malos. Y eso lo llevó a una final donde si quiere vencer a Brasil deberá reforzar ese concepto porque es difícil modificar el plan a esta altura. Es decir, por un lado seguir siendo contundente para aprovechar esos ratos favorables y, por el otro, intentar ser más sólido y mejorar colectivamente en lo defensivo cuando las papas quemen.​



Tomado de Olé – Selección

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