Maradona y las trampas de la pasión populista


Sin duda, para muchos amantes del fútbol la vuelta de la Copa América habrá significado la sensación de que, en un mundo marcado por la extrañeza y la incertidumbre que impone la pandemia, algo vuelve a su lugar. La vida es hoy una lucha más o menos declarada por recuperar o reconvertir aquellas cosas que hasta hace poco dimos por sentadas y que la irrupción del virus puso en suspenso, desde el trabajo hasta la despreocupación con la que saludábamos a nuestros amigos. Por eso, que la pelota gire otra vez en medio de los protocolos necesarios es una buena noticia. Lo que descorazona es que junto con la pelota vuelvan a rodar también la banalidad, el nacionalismo berreta y los dispositivos de manipulación que ofrece un deporte tan popular como el fútbol. No es el juego el problema, sino lo que está alrededor.

Hoy, al prender la tele, no hay modo de evitar esas publicidades ruidosas que apelan a la camiseta de la selección para alimentar un patrioterismo epidérmico muy argentino. Es, si se quiere, un modo de confirmar que solo podemos sentirnos unidos por el anabólico de una emoción exacerbada que depende de la antinomia nosotros-ellos y que alcanza cimas estratosféricas cuando el triunfo nos confirma en la engañosa idea de que somos superiores. Por supuesto, esta emoción es fomentada por discursos que persiguen un objetivo subalterno y precisan de la manipulación para alcanzar sus fines.

La escena más triste de este fenómeno la protagonizó el diputado Carlos Heller el martes, cuando en plena sesión interrumpió la exposición de otro legislador con la idea de recordar con un aplauso colectivo el segundo gol que Diego Maradona les hizo a los ingleses en el Mundial de 1986. Quiso sumarse así a la campaña que impulsó la AFA para que a las 16.09 el país gritara el gol cuando se cumplían exactamente 35 años de aquella conquista. El hecho es triste no por la frivolidad de Heller, dueño de una particular percepción del “sentimiento general” que según sus palabras pretendió interpretar, sino porque refleja en un pequeño gesto la actitud del gobierno del que forma parte.

A juzgar por lo que vemos a diario, los que se dicen intérpretes del sentir popular están muy lejos de ese sentimiento. Más: la mala gestión se explica porque están gobernando en beneficio de sus propios intereses, con su propia agenda, de espaldas al pueblo y a la realidad.

«La frivolidad de Heller al pedir un aplauso al ídolo en plena sesión refleja la actitud del gobierno del que forma parte. Están, en verdad, muy lejos del sentir popular»

Con la pandemia superando la barrera de los 90.000 muertos, lo que se espera de un legislador en plena sesión es la búsqueda denodada de políticas efectivas para paliar los sufrimientos que el virus está provocando en la sociedad. Sin embargo, la prioridad es el festejo del gol de Maradona. Una recorrida por las calles del conurbano permite verificar con los propios ojos el aumento de la pobreza y la indigencia que reflejan las estadísticas. Pareciera que hay dos países cada vez más distanciados entre sí, y que uno de ellos disfruta de sus privilegios a expensas de los padecimientos y las privaciones del otro. La imagen del exministro de Salud compartiendo una copa de vino sin barbijo en una calle madrileña mientras aquí se sienten las consecuencias trágicas de su deficiente gestión –por decir lo menos– también abona esta percepción.

En esta deriva alienada, la invocación de Maradona, como vimos el año pasado en el desaprensivo velorio colectivo al que convocó el Gobierno, es en verdad la apelación del oficialismo a la burbuja de la pasión sin freno, un recurso de primer orden para el populismo que alienta Cristina Kirchner. Arteramente manipulado, ese fervor irracional que incuba fanáticos desdibuja las evidencias de la realidad y permite instalar una antinomia irreductible, cómo no, entre “nosotros” y “ellos”, entre buenos y malos. Lo que hoy preocupa y ocupa en primer lugar al Gobierno son los réditos electorales de esta estrategia de polarización inherente a su poder.

La pasión y la razón no se oponen. Más bien, son indisociables. No lo digo yo. Lo dijo, el mismo día del papelón de Heller, el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin en una maravillosa entrevista que le hizo François Busnel en La Grande Librairie, gran programa de la TV francesa. Morin, a punto de cumplir 100 años y con una lucidez que estremece, dijo que había llegado por experiencia a una suerte de máxima: que la razón controle a la pasión, y que la pasión alimente a la razón. En esa entrevista capaz de reconciliarte con la vida, Morin dijo también que en estos días de “hipertrofia del yo y degradación de las solidaridades” todo gran cambio implica una vuelta a las fuentes; más precisamente, las fuentes del humanismo y de la cultura. En tiempos en los que las máquinas van relegando la relación humana directa y en que los nacionalismos alientan la xenofobia, Busnel le preguntó por los conflictos étnicos en Francia. Morin señaló que la cualidad esencial de la identidad francesa es que alberga dentro de sí a muchas otras. Habló de la unidad en la diversidad. Una idea que en este presente dramático, y ya de vuelta en estas pampas, podría resultar de provecho para la oposición

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Tomado de LA NACION

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