Lo que no dicen los chats de Di María


Un WhatsApp presagió su noche soñada y su épico gol que acabó probando su resignificación en la Selección.

Es para irse en pelotas a París. Y más lejos también, con escala en el Obelisco: semejante acierto premonitorio validaría el desnudo. Aunque quedarse con el hipotético singular viaje ligero de prendas implicaría un desvío del foco en sí. El por qué hubo un mensaje que el 10 de julio a las 00.25 profetizó que veintiún horas después habría un grito eterno, made in China y replicado en el Maracaná, para que tanta lucha tuviera sentido. Y que valiera la pena salir corriendo en traje de recién nacido hasta la Torre Eiffel.

Jorgelina Cardoso: -¿¿¿¿Vos te imaginás ir empatando y que entres y hagas el gol de la victoria y encima picadito como la final contra Nigeria??? Bueno, me voy en pelotas a París jajaja.

Ángel Di María: -Y si soy titular puede pasar también, amor. Todo puede pasar. Sólo Dios sabe todo.

El intercambio de chats podría validar el realismo mágico borgiano aplicado al fútbol: que los que siempre pelean acaban siendo héroes de una búsqueda permanente por un sueño. Una corriente literaria que pocas veces se aplica al deporte. Ni hablar de la vida. Es por eso que la comprensión de esos WhatsApp tienen un significado más profundo.

A Jorgelina se le pasó por la cabeza que su marido Ángel, el descalificado, el recusado como jugador de Selección y continuamente diagnosticado por el psicoanálisis de café con un burn out que lo afectaba en las finales, podía vencer a la hipótesis colectiva con un gol antológico en una final mágica y colgarse la medalla y levantar la Copa América. Y si pensó en que eso podía ocurrir fue porque antes observó en Di María algo que sólo conocen quienes están linkeados espiritualmente: percibió que era su momento.

Fue Jorgelina, ayer cumpleañera, la que apuntaló a Ángel en los vaivenes más pronunciados, defendiéndolo férreamente desde las redes. La mayoría de esos momentos duros estuvieron ligados a la Selección y profundizados en el ciclo post Rusia 2018, cuando se produjo el desglose de la vieja guardia y la posterior renovación que se llevaría apellidos ABC1: Higuaín, Mascherano y Biglia, por decisión propia, no siguieron; Romero reclamó hasta hace poco el seguir siendo parte, aunque estar sin acción en el United le quitó argumentos para insistir.

Di María no claudicó. Insistió en público con que quería estar y llegó a confesar que se encontraba “perdiendo las esperanzas” pese a escuchar que Scaloni decía tenerlo en cuenta.

El rol de Di María en esta camada

El sprint final previo a la Copa América le permitió a Angelito comprender cuál era ese lugar que le ofrecía la nueva era. Que las puertas de Ezeiza se le abrirían ya no como una fija sino como un experimentado que podía aportar también en modo indoor, apuntalando a los más jóvenes y señalándoles cómo debían transitar sus primeros tiempos de Selección. Acaso también dándoles el ejemplo ante la competencia interna: si todos pueden ser titulares, ergo, todos pueden ser suplentes (salvo Messi). Incluso una de las figuras del PSG.

Y entonces, a partir de esa resignificación mayor fue que Di María se sintió importante: jugó seis de los siete partidos en la Copa América -dos, de entrada- y le tocó tachar la teoría del bloqueo en las más bravas, eludiendo a los fantasmas de las lesiones que lo habían sacado de la cancha en Chile 2015 y USA 2016 y que, por consejo del Real Madrid, también lo habían privado de disputar la final del Mundial 2014, a la que llegaba al límite.

Scaloni lo eligió ante Brasil. Y él entonces sólo debió ser Di María. El que alzó la mirada y se la picó a Ederson como a Vanzekin en 2008. El que hizo un golazo que valió un título después de 28 años. Uno para salir corriendo hasta París…

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Tomado de Olé – Selección

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