Descomunal Messi


Esta vez no se trata de una gambeta cósmica. Tampoco de un tiro libre impresionante, de los que suele clavar en el ángulo. No hay barrilete, ni piernas que le tiran. Esta vez, Lionel Messi hace una terrenal: recibe un corner corto y decide tirar un desborde, como si fuese un pibe, con la zurda pegada a la pelota, una aceleración, Torreira que le mira el número y el centro con rosca al segundo palo para que Guido Rodríguez, el volante tapón que nadie imaginaba, la metiera de cabeza para un festejo largo y esperado. Eso es tener a un jugador como la Pulga, que permite contar con el abanico de una versatilidad que nunca se sabe en qué puede terminar, si en una genialidad inesperada o en bochazo al área…

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Iban apenas 12 minutos cuando De Paul, uno de los que mejor se entiende con Leo en los últimos tiempos, decidió no meter el corner en el área, sino jugarla con Messi. De ahí, llegó el gol de la victoria. De todos modos, desde el inicio se vio que la figura del Barcelona estaba con muchas ganas: en la primera pelota del partido salió alto a presionar y robó el balón. Al ratito, Lionel la recibió recostado sobre la derecha, metió la diagonal para que el arco le queda mejor perfilado para esa zurda implacable y la puso contra un palo: Muslera voló y pudo manotearla, el rebote le quedó muy atrás a Lautaro, que no llegó a meterla con el taco. Messi, tal vez, supo siempre que en un choque ante un pesado como Uruguay no sólo hace falta técnica y talento, también se necesitan ganas.

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En otra batalla que le presentó esta Copa América en los primeros juegos, Argentina pudo sacar adelante una victoria ante un rival de los pesados, que tiene mucho recorrido y que siempre exige un plus de esfuerzo. Tal vez por esto se vio una versión de Messi más de overol y pala que de galera y bastón. Se le hizo incómodo el partido por momentos, porque la pelota pocas veces le quedó limpia. Aun así, el rosarino siempre la pidió, se mostró, presionó y, sobre todo, mostró un esfuerzo descomunal para ayudar a la hora de recuperarla para salir rápido de contraataque.

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Cuando los charrúas quisieron ir por el empate, más con empuje que con ideas, la Selección defendió en bloque y trató de generar transiciones rápidas en ataque. Messi fue cabeza de lanza, encaró con sus famosas diagonales, pero siempre se topó con una maraña de piernas uruguayas que siempre le impidieron el remate. Como en esa apilada genial que fabricó con un arranque desde mitad de cancha que no terminó en penal de milagro. Esta vez, no pudo ser de tiro libre. Tampoco de pelota en movimiento. Ni de jugada. No hubo nada extraordinario. O sí, el compromiso de la Pulga para jugar el clásico del Río de La Plata con garra argentina. No es poco.

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Tomado de Olé – Selección

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