Atando todo con alambres para llegar a noviembre


Mientras el país entero se preparaba, un sábado de fin de semana largo, para ver a la selección nacional de fútbol en la final de la Copa América, el Gobierno lanzó una serie de medidas para poner más controles sobre el mercado cambiario. Las disposiciones, en resumen, apuntan a entorpecer el acceso al mercado llamado Contado con Liqui.

En ese mercado no oficial, pero legal, se compran o se venden dólares en forma indirecta. Para comprarlos, el cliente usa pesos en el mercado local para adquirir un bono emitido por el Gobierno argentino, denominado en dólares, o la acción de una empresa, y luego los vende contra dólares depositados en una cuenta en el exterior. El resultado de la división de la cantidad de pesos que pone por la cantidad de dólares que recibe es el tipo de cambio llamado Contado con Liqui (CCL). Las medidas implementadas el fin de semana pasado por el Banco Central (BCRA) y la Comisión Nacional de Valores (CNV) embarraron la operatoria más común, la realizada con bonos.

La idea de que el Gobierno dispondría más restricciones sobre el mercado cambiario antes de las elecciones no resulta sorpresiva. De hecho, la comenté en mi última columna en la nacion. Lo sorprendente fue el timing. No solo por lo anticlimático de haberlo hecho en ese sábado tan especial para el país, sino más que nada porque pareció muy apresurada. Se esperaba, pero no mientras el Banco Central se encontraba todavía en una situación cómoda, comprando reservas en el mercado oficial de cambios.

Dado que hay una asimetría entre la información que tiene el mercado y la que tiene el Gobierno sobre la cantidad de reservas con las que realmente cuenta este último, en comparación con las que necesita hasta las elecciones, la medida dio naturalmente lugar a sospechas. O se trató de un error, para nada descartable, o el equipo económico sabe algo que nosotros no sabemos. La situación debe ser más desesperante de lo que sospechábamos. El dicho popular lo dice: a confesión de parte, relevo de prueba.

De hecho, ya había algunas señales que la situación del Gobierno no era cómoda. Para mantener a raya la brecha entre el dólar oficial y el Contado con Liqui, el Banco Central comenzó a intervenir desde octubre del 2020 en este último mercado. Intervenir significa hacer la operación contraria a la que hace un individuo o una empresa cuando compra dólares en ese mercado. Es decir, el BCRA vende bonos en su cartera, recibiendo pesos, y luego recompra estos bonos usando dólares de las reservas, a fin de mantener más o menos la misma cantidad de bonos que tenía al inicio de la operación (aunque habrían vendido bonos en términos netos, en los últimos meses).

De octubre de 2020 a mayo de 2021, el Banco Central habría utilizado US$938 millones de las reservas internacionales con este fin. Pero la presión cambiaria se había intensificado desde mediados de junio, y esto comenzó a poner en jaque a las reservas. Según una nota de Mariano Gorodisch publicada en El Cronista, en los primeros seis días de julio, el BCRA habría sacrificado US$100 millones para contener el CCL. Y eso que el 30 de junio la CNV había tenido una reunión con operadores, en la cual les habría sugerido que “aflojen” con las operaciones en el CCL.

La reacción del mercado a las medidas del sábado 10 de julio estuvo acorde con quien descubre que la situación de reservas es más desesperante de lo que pensaba. El peso se depreció fuertemente en el Contado con Liqui y en el mercado negro, llamado eufemísticamente el mercado blue. O, mejor dicho, debería decir en uno de los Contado con Liqui. Porque a partir de las medidas, habrá dos. Uno es el que opera con bonos del Gobierno en transacciones públicas, y otro, el que opera con bonos entre privados o con acciones. Una suerte de CCL oficial y otro blue. Cosas que pasan solo en la Argentina kirchnerista.

La madre de todos los problemas es el exceso de pesos que se genera por el financiamiento monetario del déficit fiscal, y la falta de dólares por la ausencia de credibilidad del Gobierno. Entre enero y el 24 de junio, el Central financió al Gobierno en $240.000 millones, un 20% de lo que emitió en igual período de 2020. Desde entonces, emitió $170.000 millones con ese propósito.

A medida que el gasto público se acelera antes de las elecciones, también toma impulso la emisión monetaria. Una parte de esos pesos son sacados de la economía (es la llamada “esterilización”), a lo que me referiré en breve, pero otros quedan en el sistema. Así, el crecimiento de la base monetaria, que se desaceleró fuertemente hasta mayo, ya comenzó a tomar impulso.

Al mismo tiempo, no sobra ningún dólar. Primero, porque nadie quiere traer ninguno. Segundo, porque cuanto mayor es la brecha cambiaria, más se desestimulan las exportaciones y más se estimulan las importaciones. Cualquier persona sin el más mínimo conocimiento de economía está al tanto que, cuanto más alta la brecha, más conviene comprar bienes importados o con componentes importados, dado que se venden a precios compatibles con el tipo de cambio oficial. Por eso hay escasez de autos y de varios bienes durables, a pesar de que las importaciones están volando: subieron 42% en los primeros cinco meses del año. Esto, que parece tan natural, parece desconocido para el equipo económico.

Otro problema que enfrenta el Gobierno en los próximos meses es el pago de deuda en moneda extranjera. Entre intereses y amortizaciones hay vencimientos por US$6700 millones en el segundo semestre, incluidos los pagos al FMI. Descontando los US$4300 millones que recibiremos de los Derechos Especiales de Giro del FMI, quedan pagos netos por US$2400 millones. Esto se compara con los US$3050 millones que acumuló el BCRA en el primer semestre. Pero no tiene en cuenta que las exportaciones agrícolas caerán en los meses que siguen, al tiempo que crecerán las importaciones de energía en los meses de frio.

Mucho frio, pero estamos en el horno cambiario. Un horno autoimpuesto por el Gobierno. La mala negociación de la deuda, la falta de avances con el FMI y los errores de política económica nos pusieron en esta situación, en la que hay que contar los dólares como si fuésemos un almacén en el siglo XIX.

Este andamiaje atado con alambres con el que el Gobierno pretende llegar a las elecciones sin una devaluación del peso en el mercado oficial, tiene otro componente aún más preocupante: el de los bancos. Para sacar pesos de la cancha, el BCRA coloca Leliq en los bancos, que le dan pesos a cambio. Las Leliq pasaron de 1,1 billones de pesos el 10 de diciembre de 2019 (63% de la base monetaria) a 3,7 billones de pesos a mediados de julio (casi 140% de la base monetaria).

Los bancos están atragantados de Leliq, desplazando al crédito al sector privado. Hoy los préstamos bancarios en pesos al sector privado son de 3,1 billones menos que las Leliq, mientras que eran un 63% más elevados que las Leliq el 10 de diciembre de 2019. Esta destrucción de la naturaleza de los bancos tuvo otra vuelta de tuerca a fin de mayo, cuando el Central les permitió reemplazar Leliq por bonos del Gobierno para el cómputo de parte de los encajes sobre los depósitos. Desde entonces, habrían sumado miles de millones de pesos de bonos a su cartera. La revolución productiva deberá esperar. Por ahora, las entidades están ocupadas financiando al Banco Central y al Gobierno. El costo de los intereses de las Leliq, que podría superar los 1,2 billones de pesos en 2021, se paga en parte con lo que el Gobierno está ahorrando en jubilaciones.

Así, en vez de solucionar los problemas, se los ata con alambres como para llegar a las elecciones sin que exploten. Intentan esconderlos, no eliminarlos, aunque como en muchos otros casos la impericia quizás les juegue una mala pasada. La introducción de más controles cambiarios solo va a retrasar un poco la pérdida de reservas internacionales, pero no mucho.

Mientras tanto, la expectativa de aumento de emisión monetaria en los próximos meses y de devaluación después de las elecciones seguirán alimentando la demanda de dólares. Solo que esta ahora se canalizará por otros mecanismos. Ya no hay que mirar tanto al Contado con Liqui oficial, sino al CCL blue, y al blue, dado que habrá más operaciones en estos mercados. Como son más ilíquidos (tienen menos transacciones diarias), tienen más volatilidad que la que tenía el CCL oficial. Veremos más movimientos bruscos de un día para otro. Justo lo contrario a lo que buscaba el Gobierno. Buscaban tapar un problema, pero lo que probablemente logren sean muchas más tapas de diarios y comentarios en las redes sobre el dólar. Como todo lo que se ata con alambres, la solución puede ser más efímera de lo planeado.

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Tomado de LA NACION

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